A todos nos cuesta aceptar que cometemos errores y
pocos somos capaces de asumirlos, comprender qué es los que hicimos mal
y aprender de ello para evitar repetirlo o subsanar el daño en la medida
de lo posible.
Trasladando este aspecto al plano empresarial no
cabe duda que no equivocarnos nunca puede privarnos de la posibilidad de
aprender a hacer bien las cosas: no se trata de llenarnos de errores, sino de
progresar gracias a las lecciones que nos aportan: siempre con actitud positiva y mirando hacia adelante, centrándonos en todo lo
que obtenemos, evitando tirarnos al piso.
Aprender de nuestras equivocaciones, nos da la libertad de ser
auténticos, tomar decisiones más acertadas: Podemos por ejemplo
equivocarnos al momento de elegir a proveedores, clientes y empleados, no hay fórmulas
que impidan hacerlo, pero si hay maneras de evitarlo o, en caso de caer en la
falla, sacar algo positivo; si ocurre que la elección del proveedor no
fue la mejor, la próxima ocasión que debamos hacer algo similar,
el cuidado de los detalles será algo que realicemos con esmero para
evitar complicaciones.
Lo mismo ocurre en
el caso de los clientes: no todo comprador es buen cliente, y no siempre alguien
que desea adquirir algo es objetivo para su empresa; en torno a los empleados
puede resultar complicado ya que abundan las empresas familiares en la
industria, pero un poco de lógica puede ayudar a equilibrar entre los
parientes que realmente pueden aportar al negocio, y los ejecutivos externos
que den coherencia a la fórmula y eviten caer en fallas y equivocaciones
que por el vinculo familiar o de amigos, se perdonen o dejen pasar.
Personalmente yo acabo de cometer el peor error de
mi vida: boicotee a mi propia persona y, al analizar las consecuencias, me doy
cuenta que fue algo que pude prevenir pero que por autocomplacencia deje que
pasara y ahora es un tema que me está dando una de las lecciones
más duras que he recibido.